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Dos nombres para la historia

El 28 de julio es un día grande en el almanaque latinoamericano. Resulta que esa fecha, pero de 1954, nació en Sabaneta, estado venezolano de Barinas, el presidente Hugo Chávez, uno de los nombres fundamentales en la historia de este continente.

Exactamente 33 veranos después (vaya número simbólico) aterrizaba por primera vez en La Habana Diego Armando Maradona, quien es para muchos el futbolista más grande de todos los tiempos. El astro argentino llegaba con la intención de recibir el premio al Atleta Latinoamericano Más Destacado de 1986, galardón que le había otorgado la agencia Prensa Latina 12 meses antes, luego de que él fuera la piedra angular de la victoria albiceleste en la Copa del Mundo de México ’86.

Fernando Signorini, por aquel entonces preparador físico del jugador, contó que la idea de venir a Cuba produjo muchas expectativas en su compañero.

«La idea lo entusiasmó, no solo por la posibilidad de disfrutar de los encantos de ese paraíso tropical, sino porque la visita incluía una especie de alucinante bonus track… Un encuentro con el legendario líder de la Revolución Cubana, el Comandante Fidel Castro».

Por su parte, el líder invicto de los cubanos, convertido a esas alturas en una de las figuras más notables del panorama ideológico y político contemporáneo, aprovechó para robarle algo de tiempo a la estrella deportiva. Aquel encuentro terminaría convirtiéndose en el origen de una amistad que los uniría toda la vida.

Durante aquel intercambio, que pretendía ser de un rato, pero que terminó extendiéndose desde el mediodía hasta la madrugada, el de Fiorito y el de Birán lograron algo equiparable a la gloria de ganar un Mundial de fútbol.

«Me pareció mentira tener un cacho de historia tan cerca. Es un seductor y usa todo para envolverte. Dicen que él arrancó con 12 hombres y tres fusiles en la Sierra Maestra y ahora me doy cuenta por qué ganó: tiene una convicción de hierro. Fidel Castro es una personalidad imposible de olvidar. Es una historia viviente. Yo defiendo mi fútbol como Fidel defiende a su pueblo», declaró Diego tras la extensa charla.

Entonces, Maradona le había traído de regalo a Fidel una camiseta de la selección argentina. De pronto, y para sorpresa de todos, el Jefe de Estado se despojó de su característica gorra y la colocó sobre la cabeza del crack, en un gesto de padre amable para con su nuevo hijo de la vida.

A lo largo de los años ambos continuaron dando forma a esa relación tan familiar y cercana, en la que por un rato dejaban de ser dos héroes y se convertían en un par de sujetos que compartían naturalmente, como si se tratara de dos colegas del barrio que se rencuentran tras una espera muy larga.

A inicios de este siglo, la salud del exjugador de Nápoles, Barcelona, Boca y Argentinos Juniors estaba muy deteriorada. El consumo de drogas había convertido su vida en un calvario del cual le costaba salir. Fue entonces que Cuba le abrió sus puertas para ayudarlo a sanar de las heridas que por mucho tiempo se provocó a sí mismo.

La estancia de Diego en la clínica capitalina Las Praderas estuvo marcada por el sacrificio y la soledad que le tocan a quien intenta salir del abismo de las adicciones. No obstante, a lo largo de ese terrible viaje de vuelta a la luz, él también contó con la presencia de una mano en su hombro que le ayudó a sobrellevar esa etapa.

Pese a las dificultades normales del proceso y también a la compleja personalidad del estelar atleta, el Gigante cubano se preocupó por mantenerlo siempre motivado. De ahí que frecuentemente aprovechara para llamarlo en medio de la madrugada para comentar lo mismo sobre fútbol, política o cualquier otro tema que saliera por el camino.

Por aquellos días, Maradona aprovechó para homenajear a su ídolo y se tatuó su efigie en la pierna
zurda, la misma que tantas alegrías había dado a los aficionados de todo el planeta. Al saber de aquello, Fidel se asombró muchísimo.

«Me dijo “¿Qué hiciste, loco? Pero yo estoy mejor que el del tatuaje”. Le digo. Sí, lo que pasa es que el tatuador es bueno pero tampoco lo va a hacer igual», relató Diego en una entrevista.

Fidel representó una enorme influencia para el Pibe, al punto de que Diego se tatuó el rostro del Comandante en su pierna izquierda. Foto: Tomada de AFP.

Otra de las anécdotas sucedió una noche, cuando Fidel se apareció sorpresivamente en la residencia de su amigo Diego a conversar. Según contó Guillermo Cóppola, quien fuera agente por ese tiempo, al abrir la puerta, el argentino llevaba solo unos shorts y tenía nada menos que… una tapa de inodoro enganchada en el cuello. Su respuesta, ante el asombro del mandatario, fue:

«Comandante, buen día, este es un regalo para usted» y acto seguido puso en la tapa una foto de George W. Bush, entonces presidente de Estados Unidos, y continuó: «Para que cada vez que la use, se lo dedique».

Tiempo después, el argentino dedicó unos minutos de su programa La noche del 10 al Comandante, aunque esa no sería la única vez que compartirían en televisión, pues en 2014, mientras se encontraba haciendo De Zurda junto a Víctor Hugo Morales, Maradona recibió una carta de Fidel y la leyó en vivo para la cadena Telesur.

Si un momento le costó enormemente al mediapunta gaucho, fue cuando regresó en 2013 y volvió a encontrarse con su amigo del alma.

«Cuando entro al salón, se para y me dice: “¿Te venís a despedir, ¿no?”. Me dijo eso. “No, maestro, para nada”. Yo, con un llanto…», fueron las palabras con las que describió aquel momento con el hombre a quien considerara un familiar más.  

Solo tres años más tarde, el 25 de noviembre de 2016 se supo de la desaparición física de Fidel Castro, faro de los revolucionarios en todas partes. Uno de los primeros en llegar a honrarlo fue Diego Armando Maradona.

«Vengo a estar con mi segundo papá, con la leyenda que se nos va, pero nos deja un legado muy claro que no podemos traicionar. Quien cree que Cuba se debilita porque se fue el más grande, se equivoca, porque Cuba tiene que fortalecerse», dijo a la prensa el genio bonaerense.

Hasta el sitio de descanso final, en Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, se fue Diego. Allí fue a dejar una flor y a despedirse de un ser más cercano que la sangre misma, a quien le unieron las ideas y las ganas de ayudar a los que menos tienen.

Curiosamente, justo cuatro años después de la partida de su amigo, le tocó a Diego convertirse en luz y marcharse también al Olimpo eterno en donde hoy descansa junto a Fidel y todas las grades leyendas de la humanidad.


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[source: http://www.juventudrebelde.cu/deportes/2020-11-29/dos-nombres-para-la-historia]

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