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Plata con poco brillo en Serie del Caribe

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Partido por el oro entre Leñadores de Las Tunas, de Cuba, y Toros de Herrera, de Panamá. (Foto: Roberro Morejón/ JIT)

Será mejor mirarlo primero desde la objetividad: Cuba-Tunas cerró con una meritoria medalla de plata en la Serie del Caribe, la segunda mejor actuación después de nuestra reinserción en estas lides en 2014, solo superada por el oro del Pinar del Río de 2015.

Y una medalla, de cualquier color, no puede subvalorarse por más que siempre queramos, con lógica, ganar siempre, siempre, siempre.

Que haya triunfado y con méritos mayúsculos Panamá, el último invitado de la fiesta y en los pronósticos precompetencia el más débil, dice que, igual que dejó atrás a un Cuba, aparentemente mejor, lo hizo con República Dominicana, de mayores castas y rango, o Puerto Rico, campeón hasta esta versión.  

También resulta notorio que los dos primeros puestos hayan sido ocupados por los dos invitados de la liga regional, por encima de los cuatro fijos. Pero más notorio aún es que se haya impuesto el equipo que tuvo que rearmarse en un dos por tres, cuando el país panameño tuvo que hacerse cargo de la sede a última hora en lugar de Venezuela.

 Pero ni siquiera ese corre-corre evitó que los Toros de Herrera jugaran como un equipo que se conoce de antaño, aunque buscó refuerzos extrafronteras, algo no tan diferente a su contrario que  asistió con catorce hombres del más reciente equipo Cuba. Y hasta quizás ese jugar contra los vaticinios, le quitó presión y les hizo estar sueltos y divertidos en el terreno, pues al final, hicieran lo que hicieran, todo estaría bien para los suyos. Eso, terminó por pasarle factura a sus contrarios que fueron sorprendidos una y otra vez en el único lugar donde las diferencias de plantillas suelen borrarse: el terreno.

 No debió ser el caso de Cuba a la hora de discutir el oro y es por ahí por donde nos cuesta ver el real brillo de una medalla de plata. Méritos aparte para los canaleros, el partido del cierre enseñó las mismas carencias de un elenco a lo largo del torneo en el que volvieron a enseñar similares fisuras de evento tras evento, incluidas las Series del Caribe.

Algunas claves dieron al traste con el resultado. La primera y más visible es la incapacidad de los antillanos de superar las tensiones de un evento, partido tras partido, visible en el rostro de jugadores y técnicos. Eso deriva en una segunda variable: una anémica ofensiva incapaz de producir a la hora cero y en otra también: la toma de decisiones controversiales para buscar variantes ganadoras en momentos decisivos. Y hasta en una última: al parecer se perdió la dinámica grupal de los reales campeones. Así al menos lo veo desde mi modesto palco de comentarista que siguió palmo a palmo cada partido.

Lo de la ofensiva resultó escandaloso. Con apenas un 14 por ciento de hombres impulsados en posición anotadora, (ocho en 53 oportunidades, últimos de la competencia) no se puede aspirar a ganar. Y si esto no es presión, ¿qué será entonces? Al final, Pablo Civil alineó, por lo general, con hombres curtidos en competencia y que antes de partir, salvo contados casos, terminaron en excelente forma al cierre de la Serie Nacional e hicieron una preparación, según ellos, muy buena. La anemia fue dramática, pues de las nueve carreras que logró anotar Cuba, seis fueron a la cuenta de Alfredo Despaigne, quien al fin se hizo justicia en un torneo que le debe quedar corto a su calidad. ¿Qué pudo sucederle sino a Yosvani Alarcón, con casi más ponches que turnos al bate o a Yurisbel Gracial, acostumbrado a batear un pitcheo superior en su contrato japonés? ¿Qué pudo sucederle sino a un equipo que se anuló y no pudo remontar una diferencia de dos  carreras, marcadas en la misma primera entrada? ¿Será todo por lo de la impaciencia en el home?

Ninguno de los tropezones anteriores nos ha enseñado lo suficiente. Si no, cómo entender que Civil trajera, otra vez, para el último out, a Yurien Vizcaíno, líder en impulsadas de la lid cubana cuando su segundo bate, por ejemplo, Jorge Johnson, terminó en ascuas, o dejó batear a su segundo receptor Oscar Valdés, que se fue sin hits. ¿Cómo entender que el manager tunero insistiera en el sacrificio con Johnson con dos strikes y presionado además? ¿Por qué no todos jugaron a la altura táctica de Yuniesky Larduet, más adaptado a la competencia pese a su inexperiencia internacional?

Sin embargo, Panamá fabricó sus carreras, unas con batazos oportunos y otras sacando lascas a las fisuras de la receptoría a la que le robaron tres bases. Cuba no pudo o no supo hacerlo, aunque conectó un hit menos que su contrario (cinco por seis).

Y si llegamos tan lejos, se los debemos y mucho a Lázaro Blanco. Es verdad que nuestro pitcheo lució mejor, (0.97 pcl y 1.03 de WHIP), pero hasta dónde podremos conformarnos con los números si para acceder a la final necesitamos desprenderle el brazo al granmense al llevarlo hasta 110 lances con solo cuatro días de descanso en un staff con trece hombres. Es verdad que Freddy Asiel lanzó bien, pero no con el hermetismo de su primera salida, ni de su rival ganador Harold Arauz.

 Si la versión íntegra de los verdaderos Leñadores hubiese ganado es algo que quedará en la mera especulación. Lo real es que, tras perder otro evento regional, que se suma al descalabro de los Juegos Centroamericanos de Barranquilla, una pregunta quedó guindada del Rod Carew cuando los Toros de Herrera agitaban su champán ¿Qué nos depara Lima 2019?  


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[source: http://www.escambray.cu/2019/plata-con-poco-brillo-en-serie-del-caribe/]

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