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El respeto de la afición por el béisbol

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Los estadios se han vuelto a llenar en esta serie 58 de la pelota cubana. (Foto: Oscar Alfonso/ Escambray)

Frente a su televisor, Marcos Antonio Pérez Acosta excita sus 23 años hasta lo indecible con el clásico Real Madrid–Barcelona, mientras, pegado también a la radio, sigue minuto a minuto el partido de los Gallos. Aunque se había alejado del “Huelga”, luego de que Industriales protagonizara aquel imborrable gallicidio en el Latino, Silvio Hidalgo, a sus 60 y pico, regresó al coloso de Los Olivos.

Traigo estos ejemplos para ilustrar la conquista mayor de esta versión 58 de la Serie Nacional de Béisbol: la respuesta de la afición. Sí, porque de vivir varias campañas de gradas semivacías en más de un estadio del país, es un paso que ahora se advierta una asistencia notable. Lo confirmó la primera fase de esta temporada, incluso en aquellos parques cuyos equipos no tuvieron un buen desempeño, aunque es lógico que allí sean menos. Lo va diciendo, también, la naciente segunda etapa, jugada a gradas casi repletas en sus primeros compases.

Por si no bastara, muchos de quienes no asisten a los partidos siguen los juegos por la radio, la televisión o Internet, opciones que se han multiplicado hacia el exterior, entre quienes siguen las trasmisiones por esas vías, ahora mucho más que las emisoras están en audio real. El seguimiento se traspola a una esquina, a “boca de barrio o de calle” en ese pregunta-pregunta de la gente sobre cómo quedó el último partido o si es verdad que le pondrán las luces al “Huelga”

Y esto es lo mejor que pueda pasarle a nuestro béisbol, luego de que algunos, colegas incluidos, propusieron convertir en organopónicos los estadios como una sutil sugerencia de suplantación colonizadora cultural, tanto desde dentro como desde fuera, o se hicieran “tratados de opinión” sobre la pérdida del espectáculo beisbolero cubano.

Aun cuando creo que en esa materia nos falta un mundo, no podemos ser tampoco ciegos al punto de desconocer lo que pasa a nuestro alrededor.

Por algo que tiene que ver con los gustos y decisiones personales o el arraigo de la pelota como pasión nacional, la gente está acudiendo más a los estadios y sigue la pelota. Caminan distancias, sin muchas garantías de transporte y a sabiendas de que no encontrarán suculencias alimentarias o atractivos de otro tipo. Van porque van, y basta. Eso, para mí, por encima de cualquier diatriba retórica, merece el mayor de los respetos. Con el paso del tiempo, y esta es una impresión personal confirmada por más de un fanático, la afición ha entendido que esta pelota, como el vino que no siempre es tan dulce, es la que tenemos, aunque aún no sea la que queremos. También ha entendido que lo que importa es disfrutar un juego a la manera en que se hace en Cuba: gritando, bailando, riendo, “congueando” y hasta sufriendo, y con la compañía del último aficionado en sumarse: el celular.

Pese a que a veces solo miremos el país desde la lupa del Latino, pensemos que una pantalla es el espectáculo en sí mismo; lo cierto es que a lo largo de la isla se vive una fiebre beisbolera que sube grados y muchos cuando la serie llega a un municipio y se convierte en el suceso del año.

Es verdad que la atracción mayor, el juego en sí, tiene que superarse y bastante y que habrá que luchar porque no sean la regla partidos como el del pasado domingo entre Las Tunas y Ciego de Ávila con 11 errores. Es verdad que aún lamentamos el éxodo de estrellas. Mas, ya sea por la rivalidad con que juega la mayoría de los equipos o por la entrega pasional de varios peloteros por el único placer de jugar su pelota, Cuba destila una pasión que tiene la capacidad de cambiarle el rostro a un pueblo y eso lo demostró con creces Sancti Spíritus, donde tan solo la clasificación motivó un jolgorio colectivo y es hoy transfusión de vida para una provincia, por más que algunos detractores se pregunten todavía por qué tanto revuelo.

Habrá que reevaluar en algún momento la actual estructura que deja a más de media Cuba sin disfrutar de la Serie Nacional en vivo y directo la mayor parte del año en cada terruño. Algo queda claro: ningún cambio ha logrado que se aumente un gramo en la calidad de nuestra pelota ni ha hecho que ganemos un torneo internacional. 

Otros ingredientes hacen falta, que aporten más al espectáculo, que van desde el juego en sí mismo hasta otras fusiones con la Cultura, el Comercio y la Gastronomía para respaldar a quienes vayan al estadio o a quienes mantienen vivo el béisbol fuera del recinto en el día a día de la cotidianidad. También, lo que es un anhelo nacional, el retorno a los juegos nocturnos, que por cierto ahora parecen regresar al “Huelga”, luego de algunas campañas a oscuras.

Aun cuando más de una tendencia mediática ha pretendido suplantar ese amor silvestre por la pelota con bocanadas de fútbol a toda hora, lo cierto es que en esta isla sigue primando la tendencia de Marcos Antonio, mucho más entre los jóvenes que comparten su afición en los dos extremos, con una presencia abrumadora y bulliciosa en los graderíos.

Digo más. Ni la coincidencia con la Serie Mundial de las Grandes Ligas por estos días, un megaevento que le lleva kilómetros de distancia en la calidad a nuestra Serie Nacional, pudo quitar de las venas cubanas la sangre del béisbol y no es solo asunto de trasmisiones televisivas de la MLB con juegos desfasados.

Y es que todavía no ha surgido otro fenómeno social con el imán de la pelota en la identidad de la nación, que espera que esta segunda fase siga con la misma ebullición.


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[source: http://www.escambray.cu/2018/el-respeto-de-la-aficion-por-el-beisbol/]

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